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jueves, 7 de febrero de 2008

Un trozo de pan

Ayer entré a la cocina y sin querer después de dar unos cuantos pasos pisé un trozo de pan que había en el suelo, al mismo tiempo que retumbaba el sonido de una olla que se caía y que parecía un disparo. Fue inevitable relacionar este acontecimiento con la muerte de ese trozo de pan a manos de un pistolero. Al principio no supe bien que hacer, pero tuve sentimientos encontrados. Por un lado pensé en el pobre pan y me entraron ganas de vengar su muerte a manos de aquel pistolero que había matado a un elemento que quita el hambre, pero inmediatamente me di cuenta que había sido yo mismo quien había pisado el pan, y claro no me voy a matar a mi mismo por pisar el pan.
Fue extraño porque poco a poco comencé a pensar en el destino de aquel trozo de pan a partir de ese momento porque ya nadie le comería y no cumpliría su cometido. De entrada es un trozo de pan frustrado, es como los futbolistas que están eternamente en el banquillo pero no entran nunca a jugar. No cumplen su cometido. Y me dieron pena los futbolistas que están siempre en reserva y los panes que van directamente a la basura porque no se merecen eses triste final. Así que en el momento en que iba a tirarlo a la basura, dije "¡No Matt! No lo hagas". Y comencé a estudiar alternativas. La primera y como el arte en estos momentos se hace con cualquier cosa pensé incrustarle un teléfono móvil en el centro y ponerlo en el salón a modo de adorno. Si alguien preguntara sobre la obra artística les diría que es el cruce de dos alimentos del siglo XXI. Pero mi señora, seguro que al ver aquello me daría con el palo de la escoba como mínimo. Así que barajé una segunda opción: hacer pan rallado. Pero claro, aquí me entró una cuestión filosófica fundamental, porque el pan rallado también es un pan frustrado por más que igualmente se termine consumiendo. Yo si fuera pan querría ser pan fresco que se come en la mesa, no pan que se queda duro y no hay más remedio que rallarlo para que no vaya a la basura. Así que tampoco quería un final así para el pobre trozo de pan. Confieso que me entró cierta desesperación, me fui al salón y lo puse sobre una mesita sobre un plato y me puse a pensar en qué podía hacer con él, le pregunté que quería y no me respondió. Tal vez estaba enfadado.
Finalmente después de mucho pensar, y acongojado ante el silencio que había alrededor, de pronto me di cuenta que había pájaros cantando y la luz se hizo ante mí. Salí corriendo hacia el balcón y después de hacerlo picadillo, lo repartí a los pájaros que allí habían. Y el pan, sabedor que su destino era ese, me soltó una miga a modo de lágrima para agradecerme tan final feliz.

domingo, 3 de febrero de 2008

La importancia del legado verbal

Hablaba hace un tiempo con José Ramón, un hombre que roza los sesenta años, y me comentaba los retos a los que se había enfrentado en la vida. Cuando quisimos darnos cuenta me estaba hablando de como tuvo que afrontar la transición española su generación, así como construir un nuevo país bajo el paragüas de la democracia. No tarde en darme cuenta, y así se lo expresé, de la importancia que tiene para los jóvenes hablar con la gente mayor. Sin planificarlo y a raíz de una conversación como cualquiera, él me transmitió su legado cultural no sólo como persona, sino también como ente social. Los problemas que surgieron no solo a nivel nacional para construir una nueva España, sino también en la vida cotidiana de las personas para afrontar su día a día. Me deleitó la charla y me di cuenta de que deberían existir foros, conferencias o espacios en los medios que hagan de puente entre las generaciones.
Porque a qué retos nos enfretamos los jóvenes hoy en día y de que manera vamos a solucionarlos. El primero que me viene a la cabeza es el del medio ambiente, pero también la sociedad se enfrenta a otro tipo de retos que van desde lo personal hasta lo colectivo. En lo personal creo que atravesamos una etapa donde nos encontramos inmersos en una especie de vacio interior caracterizado por la falta de símbolos que nos trasciendan. Las diversas religiones ocuparon ese sitio durante buena parte de la historia de la humanidad, y hoy en día ese lugar parece designado a la ciencia. Pero de momento es muy joven y hay cuestiones que no nos puede resolver. Sobre todo en lo referente a un Dios. Ese algo en lo que creer o aferrarse en última instancia cuando todo parece que escapa de nuestras manos o no nos queda más alternativa que confiarnos a un ser superior porque nuestras capacidades o no logran comprender o son incapaces de solucionar. Al menos la creación de otro tipo de educación social donde a raíz de nuevos conceptos podamos afrontar de manera diferente ese tipo de situaciones que escapan de nuestras manos.
En cuanto a lo colectivo y más allá de los problemas como el antes mecionado del medio ambiente, también existen otros de distinto calado. El principal calculo debe ser la redistribución de la riqueza a nivel planetario, basándose en nuevos modelos económicos no excluyentes. Garantizando así la subsistencia alimentaria de las personas que habitan nuestro planeta. Al igual que la redistribución de la medicina.
Siempre, y mirando la historia con perspectiva, parece que queda mucho trabajo por hacer, pero está en la nueva relevación de cargos la esperanza de construir al menos un poco de mundo más justo. Ahroa bien, las bases sobre las que están sentadas la educación ¿han preparado a las nuevas generaciones para afrontar esos cambios? Todo indica que así es, pero lo que parece menos factible es que muchos de estos cambios los veamos materializados ya que la creación de nuevos órdenes mundiales requiere más tiempo para producirse que el sencillo trapaso de poderes entre generaciones. Y para ejemplos en este sentido, en la humanidad hay muchos: cuánto tiempo ha tardado la democracia en instaurarse en muchos países, o cuánto tiempo han tardado las mujeres en equiparar sus derechos a los hombres. El trabajo que queda por hacer es muy grande y depende del activismo y la actitud de las nuevas generaciones el llevarlo a cabo. Y para esto solo hay que creer en un sueño, tal vez una utopía: la de un mundo mejor para todos.

viernes, 1 de febrero de 2008

Canto final

Tracé el camino de la desesperanza

y del odio sin rumbo,
el lamento incesante del sendero
del desengaño y la desidia.
La torpeza de saber que no sabía.
De contemplar una y otra vez
hasta el hartazgo mis propias lágrimas
deslizarse hasta el final
de la última pena.
Siempre la misma torpeza.
De pensar sin sentir,
de morir sin vivir,
del latir de un corazón que se apaga
y que no quiere renacer en otra vida.
Tropecé muchas veces con la misma piedra.
El duelo de un alma se desintegra
bajo mil bemóles mal interpretados,
la canción del último aliento
y la sencilla libertad del final.
Hasta el torpe muere y olvida.

Época de elecciones

A dos meses vista de las elecciones generales en España, vale una reflexión acerca de los políticos. Yo que he trabajado para ellos, la verdad es que cada día estoy más distante de que existan los políticos y todo lo que les rodea. Por ejemplo, las comidas que realizan todos los mediodías y algunas cenas, pagadas por lo contribuyentes en restaurantes de lujo o semi lujo, porque claro alguien de la estirpe de un político no va a ir a comer o cenar en una tasca de ocho euros el menú del día. O en los hoteles que se alojan. Obvio que no van a pensión Pepita, van a hoteles de cuatro estrellas o cinco, la mayoría de los casos éstos últimos. Y toda la serie de privilegios que gozan a cambio de qué, de la eterna mentira de que si ellos no existieran quién nos organizaría.
Y lo dice alguien que ama la ciencia política, que he devorado libros y estudios sobre política desde hace muchos años, pero la práctica es otra cosa. Y más en esta etapa moderna en la que nos encontramos con el elemento mass media. Ha nacido el político - actor. Ante eran actores de teatro, pero hoy están obligados a ser actores también de radioteatros y de series de TV, posar bien para las fotos, estar atentos a su mejor perfil y al momento exacto donde su imagen va a quedar plasmada en los medios de comunicación ¿Las preocupaciones diarias de los ciudadanos? Bien gracias. Unos tíos y tías que se dedican y lo veo de continuo, a vivir del cuento, que fabrican noticias haciendo de ellas necesidades de los ciudadanos, es una actitud que repugna. Políticos que están ahí para decirnos siempre que la culpa de no es de ellos, sino de la oposición, de la coyuntura económica internacional, de las sucesivas crisis, que también son alimentadas por ellos mismos como la del ladrillo, el petróleo, el calentamiento global, vamos crisis para todos los gustos que al fin y al cabo al ciudadano de a pie le da por los huevos sus explicaciones y lo único que sabe que hace unos meses llenar una carro de la compra eran 80 euros y ahora nos cuesta 120. Eso es lo único que en definitiva importa. El resto son problemas que nos crean ellos mismos y dentro de un círculo vicioso alimentado por los diversos agentes sociales, y que ellos mismos se lamentan de tener.
Cansa el hecho de ver la política actual en lo que se ha convertido. Parece que refinamos mecanismos para controlar más, pero al mismo tiempo parece que es más patente que nunca el hecho de que nos toman cada vez más el pelo. Un día nos dicen X y al día siguiente el mismo señor porque ha cambiado la 'coyuntura' nos dice Y. Eso nos cansa señores, nos cansa pagar vuestro buen nivel de vida para que cada día nos mientan más, para que sus sueldos sean cada vez mayores (que en eso no hay disputas ni enfrentamientos en medios de comunicación) y para que nosotros, los ciudadanos de a pie, tengamos que soportar una y otra vez la puta coyuntura, la mentira más grande inventada.
Y la propuestas que nos hacen, que es una vergüenza si se mira la letra chica. La mayoría de las leyes que debaten son temas que ellos mismos deciden que tienen que tratarse, que deben ocupar la agenda social, cuando hay temas más importantes tal vez. A mí desde que vivo en España (de Argentina ya ni hablar claro), desde hace nueve años solo una ley me ha favorecido de las cientos que han aprobado, que es la ayuda de cien euros por tener un hijo (y ni siquiera es para mí, porque es para las madres, pero bueno la tomo como un beneficio). Y eso que sigo la actualidad a diario, el resto de leyes pues ni fu ni fa. Nada, para la gente normal que trabaja como un condenado, pues que se joda. Y ni hablar de la putada si te haces autónomo.
Y encima nos hacen creer que si vamos a votar todo irá mejor. Será la mala leche con la que me he levantado o el cansacio de ver que tenemos que producir no solo porque la sociedad está montada así, sino que además tenemos que mantener a esta panda de actores. Si por lo menos interepretaran películas con un final feliz todavía, pero ni eso. Hay que replantear el modelo de sociedad pero ya y dejar que estos políticos y políticas nos sigan tomando el pelo. Porque estoy cansado y creo que no soy el único. Ya les vale.

jueves, 31 de enero de 2008

Estoy cansado de trabajar

A lo largo de mi vida he tenido los siguientes trabajos y en este mismo orden: asistente de producción de TV, cámara de TV, periodista en el Parlamento, inspector de Migraciones, periodista en el Consejo de Ministros, camarero, periodista en una revista, repartidor de propaganda de un restaurante chino, productor de TV, limpiacristales, trabajador de fábrica, camarero de nuevo, etiquetador de productos, periodista en una universidad, camarero otra vez, periodista en una universidad y aquí sigo. Comencé a los 16 años y hoy tengo 32 y después de 16 años trabajando pues ya estoy un tanto aburrido de la cuestión. Solo me salva que trabajo con la escritura y como es lo que en realidad me gusta, pues lo llevo mejor. Pero lo cierto es que me parece criminal el hecho de tener que trabajar porque hay que trabajar y así lo dice e indica todo. A veces me gustaría hacer un parón y dedicarme un par de años a estudiar música, volver a trabajar y después estudiar la carrera de sociología o historia y después volver a trabajar. Pintar cuadros algunos años y después si hay que trabajar se trabaja, pero no como es ahora que hay que trabajar sí o sí porque sino no tenemos donde caernos muertos.
Es la dura realidad, pero así está montado el asunto. Hace un tiempo hablaba con mi mujer sobre el hecho de que ella no trabaja y le decía que me parece estupendo que pueda ser así, si se siente cómoda de esa manera. El problema es cuando hay que trabajar porque no queda más remedio. Eso es lo que me jode y no lo digo porque no me guste, sino porque creo que de alguna manera perdemos tiempo de hacer otras cosas que nos llenarían más, nos darían mayor autoestima y saciarían el apetito por probar cosas distintas o adquirir nuevos saberes. En este sentido la sociedad está montada mal. Y como puedo decirlo porque me viene en gana, lo digo. Hay veces que no trabajamos con ganas porque pensamos que nos gustaría estar en esos momentos yo que sé, en una clase de música por ejemplo. O ayudando una semana en una ONG.
Se que para los puristas del trabajo esto tal vez les suene a que no está bien no trabajar, pero si así lo piensan es porque están entendiendo mal lo que quiero decir. No digo que esté mal trabajar, al contrario me parece bien, pero por qué se le da tanto valor a un tío que solo ha tenido dos trabajos en su vida por ejemplo ¿Por ser fiel? Me parece una mamonada. Ese tío lo que tiene es un problema de rutina que le impide hacer otra cosa que sacíe otras facetas de su vida. Un tío que tiene solo dos trabajos en 20 años es un pringao porque la fidelidad se demuestra solo ante la curiosidad, no ante trabajos que al fin y al cabo de encuadran la cabeza y solo sirven para alienarte. Así han avanzado las sociedad, en base a la curiosidad y no a la fidelidad.
Y por eso estoy cansado de trabajar después de 16 años. Porque parece que el mundo quiere que lo hagamos crecer económicamente nada más. Producción a lo bestia. Por momentos la liberación laboral que han alcanzado las mujeres me parece hasta que se ha dejado que así sea sólo por motivos de producir más y que los ricos ganen más sean hombres o mujeres las que trabajen. En fin, que me he cabreao porque tengo que ir a trabajar y no puedo empezar clases de guitarra. Ala! A producir y menos pensar Matt!! Que ya te vale...

miércoles, 30 de enero de 2008

Vuelta a Madrid

Después de haber vivido allí año y medio, y de mucho tiempo sin volver a pisarla, encontré a Madrid tan intrigante como siempre. Siempre me ha dado la sensación de mezcla de gente de pueblo con gran ciudad. Lo de gente de pueblo lo digo en el mejor sentido de la palabra, para nada despectivo. En una gran ciudad donde reina por lo general la individualidad, sorprende todavía entrar a un bar o negocio y que la gente se salude, cosa que en las pequeñas ciudades casi ni siquiera ya se hace.
También me dio la sensación de que la gente también ha cambiado, al menos en el aspecto estético. No sé, me pareció que iban mejor vestidos de cuando vivía allí, todos más cuidados en sus vestimentas. Y también el salto que precios. Se ha vuelto un lugar más caro. Un café con un trozo de tarta, 6,35 euros. Puf!!!! Demasiado, mil pelas.
Lo malo fue que encontré los museos cerrados. Se me había olvidado que cerraban los martes y caminé medio Madrid para llegar hasta el Reina Sofía, cuando me llamó María por teléfono y me dijo que le parecía que cerraban. Efectivamente así fue. Así que me quedé con ganas de volver a ver a Dalí, al Sr. Miró o al Equipo Crónica nuevamente. Además iba con una doble intención porque hace poco echaron por la tele un reportaje donde hablaban de que anteriormente el museo había sido un hospital y que la gente veía cosas raras como espíritus o escuchaba voces. También iba con ese morbo a ver si me pasaba algo a mí.
Plaza España y el Palacio Real como siempre. Lavapiés totalmente cambiado. Mi barrio me lo han modernizado. Sigue estando como lo dejé, repleto de mestizaje e interculturalidad, pero en alguna medida más modernizado en infraestructuras.
Pasé por la Asociación de la Prensa y a punto estuve de entrar y dejarles el currículum por si tenían alguna oferta de trabajo, pero después me lo pensé mejor y de momento no volvería a vivir de nuevo allí. Serán las buenas o malas costumbres, pero ya me he acostumbrado a las montañas y al mar cerca de Cantabria. Cosas de la rutina.

sábado, 26 de enero de 2008

Fiesta de disfraces

Recuerdo una fiesta de disfraces allá por el siglo pasado. Al principio no sabía bien de qué disfrazarme, pero como era cerca de épocas navideñas decidí que lo mejor era transformarme en un árbol de navidad. Y la verdad es que fue la revolución de la noche, no sólo porque la copa y la estrella me tapaban la cabeza y no había manera de saber quién era, sino también por lo feliz que me hacía sentir el que nadie pudiera reconocerme. Saltaba, gritaba, bailaba, me paraba delante de amigos, amigas, extraños que creían conocerme y pensaban que se trataba de un amigo; y hacía el tonto delante de ellos y no tenían ni la más remota idea de quién les estaba desconcertando la noche.
Lo curioso de este tipo de fiestas es obviamente el anonimato que suponen algunos trajes. Da una libertad total para hacer y deshacer al antojo del que nadie reconoce y juega con la ventaja de sí saber quienes son los otros. Esto es clave en una fiesta de disfraces en mi opinión, hay que llevar un traje que tape la cara. No valen esos que dejan la cara al descubierto o con maquillaje porque se pierde una buena parte del aura de intriga que deberían tener todas las personas que allí acuden.
La fiesta comenzó bien, aproveché para acercarme a hablar y bailar con aquellas chavalas que de normal no me acercaba por timidez o estupidez y la verdad es que el resultado fue positivo. También estaba ahí el "Loco Zorzi", un personaje de esos que salen cada mil y que son el alma de toda reunión. Recuerdo que me llevó hasta el coche sin saber que era yo, aunque éramos compañeros de instituto, me dio una bolsa entera de petardos y ahí fuimos los dos al medio de la pista a reventar la fiesta por todo lo alto. Pero sin darme cuenta, él desapareció y cuando quise reaccionar veo que alguien entra en bicicleta con un matafuegos en la mano y comienza a esparcir ese espantoso líquido por todas parte. En menos de diez segundo todos habíamos salido corriendo del lugar y comenzamos a agazaparnos por los costados. Yo no recuerdo bien donde me escondí, pero como en todas las películas con final feliz, al lado mío había una joven luciérnaga muy apuesta. No sé que dije para hacerla reír y ella me contesto que llevaba toda la noche mirándome. Nos besamos, y la luciérnaga buscó refugio para pasar sobre un árbol de navidad, el final de aquella noche.

jueves, 24 de enero de 2008

El destino de una carta

No quería pensar más en ella, estaba cansado de todo lo que había sufrido, pero ahí estaba, sentado delante de sus narices tomando el cuarto café del día. Ella insistía en que todavía existía la posibilidad de volver. Jugaba con mi cajetilla de tabaco y en la mesa de al lado había una pareja de ancianos que nos miraba como pensando en la cantidad de veces que ellos habían pasado por lo mismo. No me salían las palabras, sólo quería decirle que no estaba a gusto. Que quería salir de todo aquello que atormentaba mis pensamientos y que pensaba que cuanto más tiempo pasáramos juntos peor nos iría y más daño nos haríamos.
Ella parecía no escucharme, apelaba una y otra vez a los buenos momentos. Un camarero nos trajo la nota mientras miraba como una señora le daba agua a un perro en otra mesa. La señora había utilizado un cenicero limpio descargando un poco de agua de una botella y depositándolo sobre el suelo. Aquello causó gracia a unos cuantos, incluso a mí, pero no pude reírme porque pensé que haciéndolo le daba argumentos a ella sobre lo bien que nos lo pasábamos juntos.
"Se acabó, no quiero hablar más del tema. Ya te he dicho todo cuanto podía". Volvió a llorar, era la tercera vez que lo hacía. Para mis adentros, pensé en realidad que solamente era un solo y largo llanto que estaba contenido y que aparecía de vez en cuando. No supe como decirle que no quería gustarle, que no me quisiera más, que no me amara. Pero no pude.
Quiso pagar y la dejé. Cuando salimos por la puerta pensé todavía que nos quedaba mucho por decirnos, aunque al mismo tiempo tenía la sensación de que cuanto más habláramos, más daño causaríamos. Quiso besarme, pero quité mi boca de en medio. Su cara se transformó como comprendiendo que ya no había más alternativas. Una última lágrima cayó sobre su mejilla y supe que no sería la última de ese día, aunque yo ya no estuviera allí para observarla.
Saqué un papel de mi bolsillo y lo tiré en una papelera que tenía cerca. Adiós me dijo, aunque tiempo más tarde me llegara una carta de ella explicándome como se lo había tomado y como lo estaba superando. Me sentí como un gilipollas. La había dañado y no se lo merecía. Pensé que solo sería una cuestión de sexo y que no se enamoraría. Nunca contesté aquella carta y jamás volví a saber de ella. Hoy encontré la carta por casualidad y la he releído. La casualidad es que está fechada a día de hoy pero de hace siete años. Y la otra casualidad es que hace siete años pensé en quemar esa carta, aquel mismo día. Hoy por la tarde también pienso quemarla, pero quién sabe, tal vez... dentro de siete años escriba nuevamente esta historia por casualidad.

domingo, 20 de enero de 2008

Historias de política

Hace un par de años tuve el privilegio de entrevistar a Alí Lmrabet, periodista marroquí, que vive en España y que en su país no puede ejercer su profesión porque el actual gobierno no se lo permite. Alí tiene todos los componentes para ser el clásico periodista héroe que fundó revistas contra un régimen, que desde el exilio lucha por implantar la democracia en su pueblo, que hizo declaraciones a favor de los más desfavorecidos en un país donde la libertad de expresión está muy limitada y que además, y curiosamente, trabajó para ese gobierno en una embajada. En concreto en la de Argentina.
Cuando nos vimos parecía ansioso por contarme sus historias relacionadas con la política y acerca de cómo son algunos políticos en mi país de origen. A modo de síntesis y entre algunas barbaridades que me enteré sobre los políticos argentinos, aquí va la que más me llamó la atención más allá de tener que ver con que se dio en mi provincia: La Pampa.
Alí me dijo que un día sonó el teléfono en la embajada y que era el Gobernador de La Pampa, cargo equivalente en España a Presidente de Comunidad Autónoma. Por entonces quien regentaba ese puesto era Rubén Marín. Dice Alí, que el tal Marín los invitaba a pasar unos días en la provincia y que quería ofrecerles un negocio. Ellos al principio pensaron en que tenían que tomar un avión y que deberían buscar un hotel, pero eso ya estaba solucionado. El gobernador les había enviado el avión de la provincia y se alojarían en su residencia.
Total que cuando llegaron, el negocio que proponía Marín, era que La Pampa le regalaba a Marruecos un pueblo abandonado. Esta iniciativa la respaldo alegando que los marroquíes eran un pueblo que emigraba mucho y que en esa provincia no tendrían ningún problema para desarrollarse. En un principio la idea les gustó, más cuando les dijo que no deberían pagar nada al gobierno ya que se trataba de fomento de la región y que serían terrenos gratuitos.
El gobernador los subió a un coche y los llevó hasta el pueblo, que desgraciadamente Alí no recordaba el nombre. El lugar les gustó y decidieron que emprenderían las negociaciones para poblar aquel lugar y comenzar poco a poco a darle vida. Pero la sorpresa llegó durante la cena y después de haberles presentado todo como muy fácil y bonito.
Marín comenzó a decir que cuanto recibiría él por aquel favor. Es decir, cuánto le iban a pagar a él por regalarles el pueblo. Alí que venía de varias batallas y sobre su cabeza rondaba la idea de que lo habían destinado a Argentina para deshacerse de él en Marruecos, no soportó aquello. Pero cortésmente se levantó de la mesa y dijo que se iba. De la historia no se supo más, sólo que en trato nunca llegó a hacerse, porque el Embajador de Marruecos, tiempo después destituido por corrupción, se quedó sólo con Marín y entre ellos quedó la conversación.
Para mi fue una pena enterarme de todo aquello. Es el lugar donde nací por más que ahora viva en otra parte. Me dolió saber que así hacen el trabajo algunos políticos de aquella provincia. Y lo peor es que son gente que todavía continúa en activo y que seguirá haciendo ensanchar sus bolsillos a costa de los recursos públicos. Mi pregunta es ¿cómo se hace para parar la corrupción en un estado si los encargados de velar porque no se cometa son los primeros implicados? ¿cuándo llegará el día que vayan todos a la cárcel? Y finalmente ¿cuándo dejará de padecer miserias la gente de a pie de calle y podrá vivir en paz y dejar de soportar a políticos que se aprovechan de ellos?. Me duele, pero me hace recordar a los comportamientos de la edad media y como se administraba el poder entonces...








En la foto: Alí Lmrabet.

sábado, 19 de enero de 2008

Callaron mis derrotas

La suave situación de una caricia,

el encanto de tu pícara sonrisa
y la tristeza de no tenerte.

Pasos sobre una madrugada
fría de otoño,
de vientos y hojas que renacen.

Por un instante... no nos besamos,
solo, apoyo mis labios
sobre los tuyos.

Mis manos no encuentran su sitio
y las palabras para calmarte
me abandonan una tras otra.

Fuego, amor, caricias,
corazones rotos, perdón,
te cierras y me odias.

Sufrieron mis anhelos,
callaron mis derrotas,
la esperanza me mintió.

Todo como siempre,
nada como entonces,
quise volver a quererte...

viernes, 18 de enero de 2008

Me comí la cabeza y filosofé

Bueno a continuación va un extracto de un texto que una tarde me puse a escribir desde el punto de vista filosófico y sobre mi existencia como ser. Parece un escrito sacado de un libro de apuntes universitarios escrito por un niño, pero la verdad es que debo de reconocer que escribir filosofía y explicar cada una de las argumentaciones con las justas palabras es más difícil de lo que pensaba. En total, que intento explicar desde mi punto de vista, por qué existo y como funcionamos los seres humanos. Como ya he dicho, ha sido complicado. Aquí va el extracto.

Sé que existo porque tengo capacidad de relacionarme con una realidad exterior, a través de los sentidos y la razón, y que además comparto un lenguaje común de la realidad que percibo. A raíz de estas conclusiones, y como consecuencia, puedo afirmar que tengo conciencia de existencia.
Si no se diera uno de estos tres requisitos, no podría afirmar que tengo conciencia de existencia como ser humano. Es el caso del resto de animales, que poseen sentidos y comparten un lenguaje común, pero no poseen la capacidad de razonar, por lo tanto no tienen conciencia de existencia.
Esa conciencia me permite detectar dos tipos de pensamiento en el ser:

- Instintivo.
- Racional.

Instintivo: o mecánico. Es un tipo de pensamiento primario basado en un conjunto de ideas desarrolladas y sintetizadas en la conciencia que se ejecutan como impulso natural. Este tipo de pensamiento primario se ejecuta al mismo tiempo que se existe y es el único que interviene en el momento real, es decir el presente, para modificar la realidad común. Es asimismo, consecuencia de actos reflejos factibles de perfeccionar a través de una memoria primaria que almacena la coordinación mecánica del cuerpo.
Sintetiza en el momento real, toda la experiencia del ser.

Ejemplo: Un jugador de baloncesto puede planificar escapar de su marca en función de sus sentidos y la razón para encontrar un buen sitio desde donde ejecutar su tiro al aro. Pero en el momento de lanzar la bola no tiene en cuenta racionalmente que se encuentra a 2, 53 metros del tablero, ni que precisa ejecutar una fuerza de 6, 45 kilos para lograr llegar al aro y encestar. En el momento de lanzar la bola sólo interviene el pensamiento primario instintivo. El perfeccionamiento de este impulso natural le permite encestar con mayor frecuencia, independientemente de que su razón aporte datos para lograr su cometido.

Racional: En base al pensamiento primario se desarrolla el pensamiento racional que permite evaluar el comportamiento del primero, extraer conclusiones sobre acontecimientos, así como planificar acciones de futuro. Es un pensamiento bidireccional que recorre el tiempo hacia el pasado o el futuro, para analizar las causas y consecuencias, o posibles causas y consecuencias, del pensamiento primario. Sólo existe previamente para intervenir después en el presente y modificarlo.
A diferencia del primero no se desarrolla y perfecciona por repetición mecánica. Su desarrollo requiere una previa experiencia de los sentidos y de una capacitación para acceder al lenguaje común. Es además, de naturaleza cambiante a medida que se adquieren nuevos conocimientos y experiencias.
Si bien participa de la realidad, es imposible que sus conclusiones se ejecuten al mismo tiempo que acontecen porque esta faceta corresponde al pensamiento primario. Así y todo, del análisis de este mecanismo racional se pueden llegar a planificar acontecimientos y predecir causas y consecuencias, pero nunca se concretará esta planificación a futuro acorde a la realidad exacta porque es imposible determinar la cantidad de causas de intervienen en la naturaleza y modifican constantemente el momento real, es decir el presente.

Ejemplo: Un filósofo puede tener una teoría para desarrollar y la comprende en base al pensamiento primario, pero en el preciso momento de ponerla en un lenguaje común encontrará infinidad de inconvenientes para expresarla, así como un director técnico de un equipo de fútbol puede planificar una estrategia de partido, el pensamiento primario que se corresponde a la realidad de cada uno de los que intervienen, será el que determine el transcurrir del encuentro.

jueves, 17 de enero de 2008

El universo en una lágrima

Apoyo el cigarrillo sobre

un cristal con espacios.
El trata de dejarme
pero yo no lo suelto.
Lo tomo de nuevo
y lo estrujo en el fondo
de una vacija
interminable
de
situaciones
amalgamadas.
El cielo se levanta
y no sé lo que veo,
sólo tinta fluyendo
al calor de mi cerebro.

domingo, 13 de enero de 2008

La última vez

Por lo general todos tenemos el tópico en la cabeza de la primera vez. Pero qué pasa con la última vez que hicimos algo. La última vez que besé a aquella novia, que fumé un porro, que viajé a tal sitio, que fui a ver a tal persona, que fui a misa, que comí en... Por qué nos marca tanto la primera vez y la última pareciera condenada al olvido, salvo en casos excepcionales. Las últimas veces también son importantes, pero de manera innata, tendemos a hacerlas desaparecer de nuestra mente. Por ejemplo, y yendo al caso de una pareja. Nos podemos acordar de ese ser, de lo bien o mal que lo pasamos, de los besos que nos dimos, de las veces que hicimos el amor... Pero es muy difícil acordarnos de la última vez que lo hicimos, o del último beso que nos dimos, y más fácil de recordar la primera vez. Es, al menos curioso este hecho.
Y este ejemplo de las parejas es aplicable a otros tantos en la vida. Creo que la última vez es un paso también importante a dar en cualquier caso. Porque de alguna manera, muchas más veces inconscientemente, que consciente, estamos diciendo adiós a algo. Y esa despedida, en algunos casos se producen sin la conciencia de que estamos dejando algo para siempre. A todos nos entristece dejar de hacer algo para siempre, tal vez por eso es que preferimos no recordarlo o no darnos cuenta en el momento, porque sino sufriríamos aún más. Somos, en cierta manera o en mucha, según se mire, animales de costumbres y rutinas. Y romper con algo de ese quehacer cotidiano, siempre es un paso que no se digiere bien del todo.
Yo desde este sitio quiero hacer una reivindicación a las últimas veces como un momento en el que damos un paso importante para cambiar algo en nuestras vidas. Incluso tan importantes como las primeras veces, porque las últimas conllevan un período de reflexión que nos hacen crecer como personas. Y para dar el ejemplo, esta es la última vez que escribo un artículo sobre la última vez....

sábado, 12 de enero de 2008

Cuando la ficción pasa a la realidad

En la casa de mi abuela, además de la afición por el automovilismo, también había otra: las carreras de caballos. En Argentina son muy populares y hay un canal de televisión que las retransmite a cada hora. No sé si aún seguirá así, pero calculo que sí. Corría el año 98 y por entonces se me había dado por leer la colección completa de Bukowski. Ya sabéis, mujeres, alcohol, drogas y carreras de caballos. Yo no cumplía todos estos requisitos en mi vida, pero sí de alguna manera había encadenado aquella afición familiar, con las apuestas de los personajes de los libros que leía. Así que decidí un día ir hasta el Hipódromo de Palermo, en Buenos Aires, a ver que me encontraba. Fue curioso comenzar a ver coincidencias nada más llegar. Bukowski siempre decía que había un palco para gente de dinero y otro para 'el pueblo'. Y efectivamente, así era allí también. Decidí dar unas vueltas y mirar la presentación de los caballos, al mismo tiempo que analizaba sus últimas carreras y resultados en una revista que había comprado. Me senté un rato en el palco y poco a poco fui acercándome a un viejo que allí estudiaba sus apuntes. Pedí consejo y la verdad es que el hombre sin tratarme mal, poco caso me hizo. Parecía que se jugaba mucho en aquellas carreras.
Miré mi revista y comencé con mis especulaciones sobre quien ganaría la próxima carrera. No acerté. Así me pasó con dos más, pero quedaba algo todavía. Yo sabía que en una de las últimas carreras de la tarde, y de acuerdo a mis cálculos, ganaría el caballo número cinco. Había analizado a todos los que intervenían y saltaba a la vista que ese era el caballo ganador. Le pregunté al viejo de al lado y con cara de sorpresa me dijo que cómo sabía yo eso. Este hecho me confirmó que estaba en lo cierto, porque los apostadores profesionales nunca revelan sus caballos para así ganar más en sus apuestas. Rápido bajé del palco y fui a la ventanilla a apostar por el cinco. Me compré una cerveza, analicé un poco lo que pasaba en el palco donde se encontraba la gente de dinero y hablé con alguno acerca de si mi apuesta era correcta o no. Lo cierto es que llegó el momento de la carrera y yo aproveché para volver a mi asiento en el palco y sentarme cerca del viejo con el que había hablado. Volví a saludarle y el hombre sin venir a cuento de nada me dijo que era muy joven todavía para meterme en el mundo de los caballos. Que no era un buen futuro para mí. Me quedé algo sorprendido y viendo a la gente que tenía alrededor, comprendí lo que me quería decir.
El panorama era bastante desolador. La mayoría era gente mayor que parecía que no tenía nada mejor que hacer que estar sentada allí toda la tarde apostando sus ingresos. De pronto me acordé de los libros de Bukowski, pero me distrajo la entrada a meta de los caballos. El cinco venía bien colocado, pero cuando faltaban menos de veinte metros para llegar a la línea de meta, comenzó a resagarse y finalmente quedó en la segunda posición. Yo no había estado nunca en un hipódromo y me sorprendió la reacción de la gente. Comenzaron todos a gritar y a decir que era una estafa. Había visto al menos cinco carreras esa tarde y en ninguna había pasado eso. Los viejos tenían mucho enfado y se acercaron hasta la meta a insultar al jockey del caballo cinco. Todos creían que se había dejado ganar para que otro cobrara mejor su apuesta. La verdad es que aquello fue un revuelo. Yo me limite a observar un rato, y decidí irme a por otra cerveza.
Di un par de vueltas más por allí y decidí marchar. Cuando subo al autobús para regresar a casa, me encuentro con el viejo con el que había hablado en el hipódromo. Me senté al lado de él y comenzamos a charlar. Me repitió lo mismo, de que no era un sitio para mí mientras sacaba de su bolsillo una petaca y apuraba un trago de algo que olía bastante fuerte. Recuerdo que me contó que tenía por costumbre pasar por un burdel de camino a casa si las cosas iban bien en las apuestas y festejarlo alquilando los servicios de una prostituta. Pensé que el hombre me daría pena, pero en realidad me causó una extraña sensación. La sensación de estar hablando con un personaje sacado de un libro de Bukowski.

miércoles, 9 de enero de 2008

Los medios de comunicación y la educación

Es curioso cuando no tenemos un tema sobre el cual escribir, porque al mismo tiempo ya estamos teniendo uno. Eso que llaman la sequía del escritor. Me imagino a todos aquellos que tienen columnas en los periódicos y que se ven obligados a hablar todos los días y opinar sobre algo. Vale, ellos hablan sobre noticias que aparecen en los periódicos y como todos... pues calculo que de casi cualquier cosa se puede opinar. Lo complejo, y este es mi caso, es cuando intento opinar sobre cuestiones que no tengan que ver con la realidad política, económica, deportiva, social o cultural, cuando están relacionadas a un evento. Si me seguís desde hace un tiempo, veréis que intento escribir sobre cuestiones que tengan que ver, por ejemplo, con algo social, pero no con un hecho noticiable. Y eso es lo complicado, intentar sacar conclusiones sobre ideas que siempre están ahí dando vueltas y que no son noticia habitualmente.
Este hecho me hace reflexionar sobre lo que estamos leyendo, viendo o escuchando periódicamente en los medios de comunicación, que vale que nos hagan pensar sobre algo, pero que en realidad no son temas que influyan directamente en nuestras vidas. De vez en cuando, en algún dominical nos parece algún personaje que habla sobre sus impresiones acerca de la vida cotidiana que vivimos todos y que intentamos solucionar a golpes de realidad, pero no suele ser una regla común. Sobre esto que acabo de escribir se puede discutir bastante, pero yo que leo muchos periódicos, todavía no veo la humanidad en la prensa. Pueden aparecer reportajes sobre el hambre en África con una fotos impactantes, pero de fondo qué nos están mostrando que no sepamos. Ese reportaje sobre el hambre tal vez tendría que ser un reportaje educativo, basado en una investigación seria y profunda, acerca de como hace la gente de a pie de calle que colabora con causas nobles y ayuda a los más necesitados. Es solo un ejemplo aplicable a otras facetas informativas, pero si sería otra forma de enfocar a los medios de comunicación y darles un carácter más formativo que meramente informativo. Porque al fin y al cabo, calculo que esa deba ser la finalidad de los medios, educar y no solo informar.

domingo, 6 de enero de 2008

Ya no hay referentes

Estábamos en un pueblo al norte de Burgos. Conocí a Jean Pierre comiendo en una pensión rural y gracias a su buen castellano la comunicación fue buena desde un principio. Nuestras mujeres se habían ido a las habitaciones a dormir la siesta y decidimos ir a tomarnos un café al pueblo y hablar de lo que surgiera. El bar en el que entramos estaba lleno de gente mayor jugando a las cartas y fumando puros. Me llamó la atención que gente de esa edad, que en teoría debería cuidarse un poco más, estuviera en un ambiente cerrado sin casi poder respirar. Era como un pequeño Londres por la bruma, pero de humo de tabaco. Jean Pierre pidió un café solo y yo un cortado. Comencé a preguntarle sobre lo que le habían contado sus mayores acerca de la revolución del 68. Calculo que se me ocurrió porque estaba rodeado de gente mayor y de alguna manera intentaba explicarme a dónde habían ido a parar aquellos ideales y en que habían desembocado.
No había comenzado a contestarme cuando un abuelo se acercó hasta nosotros y comenzó a hablarnos de un compañero de juego suyo que lo había abandonado y ahora no tenía con quién jugar. Sentimos no saber jugar al mus para ayudarle, pero el hombre se empecinó en enseñarnos. De hecho, medio nos obligó a sentarnos en una mesa y se puso a explicar en qué consistía. Cuando quisimos darnos cuenta, ya había otro sentado en la mesa que comenzaba a repartir cartas y otros tantos que se acercaban a ver el transcurso de la partida y a hacer comentarios. Me sentí como si los Chicago Bulls de la NBA me invitaran a jugar un partido repleto de gente y yo no estuviera a la altura de las circunstancias. Pero ahí estábamos jugando por una copa de anís y oyendo sin escuchar los comentarios de quienes nos rodeaban. Me acordé de alguna entrevista a un jugador de fútbol que decía que ellos no hacían caso a lo que les gritaban desde las gradas porque estaban concentrados en el partido. Algo así me pasaba a mí. Lo cierto es que después de perder tres manos seguidas, Jean Pierre y yo decidimos pagar la copa de anís y levantarnos de la mesa ante la mirada atónita de los presentes que parecía que querían que nos convirtiéramos en profesionales del mus. Nos excusamos diciendo que teníamos que volver a buscar a nuestras mujeres.
Salimos del bar con una risa de complicidad y decidimos irnos a caminar un rato. No sé cómo, pero al rato estábamos hablando de la evolución del hombre en la Tierra. Obviamente no faltó Darwin en el coloquio y según defendía Jean Pierre, como las teorías morían con el paso del tiempo. Le comenté que podían morir en algunas partes, pero que en otras tantas del mundo la selección natural en el ser humano se sigue dando. En la mayoría de las especies aún continúa, salvo los animales domesticados, pero en el ser humano occidental, y a eso Jean Pierre se refería, ya no se cumple ese requisito dado el avance de la medicina. Pero así y todo, en países de la mayor parte del mundo, la selección natural sigue diciendo que sobreviven solo los más fuertes. Y llegados a este punto nos pusimos a pensar sobre el futuro y sobre como serían los hombres del mañana y quién tenía la llave para descifrar lo que nos viene.
Pensamos que ya no hay referentes. En la filosofía, no hay un Sartre, Descartes o Aristóteles, en el psicoanálisis, no hay Freud o Watson, en las matemáticas no hay un Fermat. Se acabaron los Hume, Kant, Weber, Marx, etc. Hoy son famosos por un día los que descubren una vacuna, hacen un invento o descifran un enigma histórico. Convenimos que no hay un paladín que abandere lo que nos depara el futuro. Aunque de tanto pensar, descubrimos a alguien: Craig Venter, denominado padre del genoma. Pero no nos convenció, en el fondo es un hombre de negocios más allá de sus estudios de biólogo. Intenté justificarlo diciendo que hoy ya los descubridores no son como antes que solo tenían que dedicarse a sus estudios y disponer de algún mecenas que los diera a conocer. Pero a Jean Pierre no le convenció porque según dijo "¿sabrá ese señor con cuántas ramas de la ciencia o incluso con las religiones que puede acabar si llega hasta el fondo de sus estudios?". Nos quedamos pensando y una paloma que pasaba cerca cagó en la chaqueta a Jean Pierre. Dijo algo en francés con mal tono, aunque sonó delicado. Volvimos al hotel. Antes de despedirnos y para quitar un poco de mal humor al francés, le dije, "podemos pensar y hacer los humanos lo que queramos, pero amigo, hay cosas que nunca van a cambiar. El sol seguirá saliendo todas las mañanas y está en el destino del ser humano que al menos una vez nos cague una paloma". Jean Pierre sonrió y nos despedimos.

sábado, 5 de enero de 2008

Sobre el tratamiento de los traumas

Aprovechando que estamos en época de reyes me viene a la memoria un regalo que me hicieron cuando era pequeño por estas fechas: mi primera bicicleta. Creo que es uno de los momentos más apasionantes que tenemos en nuestra infancia. Un pequeño gran paso dentro de nuestra madurez. Llegar a tener la bicicleta es algo así a como que tus padres te digan que te ven capacitado para mantener el equilibrio sobre dos ruedas. Algo que marca en la vida porque de alguna manera aprendemos a base de golpes a dominar algo que queremos tener. Es un regalo claramente aplicable a otras facetas de la vida.
En mi caso fue tanta la emoción, que recuerdo que después de estar toda una mañana dando vueltas por el barrio, no quería bajarme para ir a comer y mucho menos a dormir la siesta después, que dicho sea de paso, era obligatorio en casa. Pero tuve que cumplir con las dos exigencias que me planteaban mis padres. Al despertar, eran tantas las ganas que tenía de volver a subirme a mi bicicleta de color marrón que creo que desde la cama hasta sentarme en ella y comenzar a pedalear no tarde ni treinta segundos. Pero había algo raro cuando pasaba cerca de mis amigos y amigas del barrio, me señalaban y no paraban de reírse de mí. Al principio habré pensado que la bicicleta no les gustaba o algo así, pero cuando miré para abajo, me di cuenta de que iba en calzoncillos. Era tanta la prisa y las ganas de volver a pedalear que me había olvidado de ponerme los pantalones. Lo de ir sin camiseta era normal, porque por estas fechas en el cono sur están en verano y hace mucho calor, pero creo que de tanta vergüenza me puse de color morado.
Y esto que parece una simple anécdota repercute en mi cada día. No sé por qué, pero cuando voy llegando al trabajo o a entrar a una reunión, me viene la sensación de que me he olvidado de ponerme los pantalones. Y automáticamente miro para abajo y me los toco. Según nos explicó Freud, son experiencias que quedan en el subconsciente, y al habernos marcado de una manera fuerte en un momento determinado repercuten en nuestra realidad de manera constante a lo largo de nuestra vida.
Transcribo a Freud: "sacando a la conciencia una experiencia 'traumática' de este tipo, mostrándola de alguna manera al paciente, él o ella pueden "acabar de una vez por todas" con el trauma en cuestión y así curarse". En mi experiencia particular, esta anécdota de la bicicleta la he contado infinidad de veces y no me molesta en el desarrollo de mi vida. Pero yendo un poco más allá, y analizando otras teorías que abordan la psique humana, he llegado a la conclusión de que me convence más la teoría conductista elaborada por Watson y Skinner, donde a través de la conducta podemos modificar sensaciones. Yo no me he puesto a intentar cambiar este trauma (que viene del griego 'herida'), porque es una anécdota que me resulta graciosa, pero un conductista me haría cambiar mi percepción acerca de cuando me pongo los pantalones o cuando voy a comprarlos. De ahí que el valor empírico del conductismo me parezca más eficaz en el tratamiento, por práctico, que el análisis teórico freudiano. Tal vez un solo ejemplo no baste para refutar una teoría, pero según el filósofo danés Kierkegaard, el mundo es tal cual lo percibe cada individuo. Así que al menos para mí, es más efectivo el conductismo que el psicoanálisis de Freud para curar un trauma.

viernes, 4 de enero de 2008

Los grados de caballerosidad

Era el típico profesor del que todos se burlan. No sé por qué pasan esas cosas, muchas veces creo que lo determina el aspecto físico, pero también creo que hay algo más y tiene que ver con la seguridad con la que te paras delante de la gente para comentar algo. Era el primer año de la universidad y no recuerdo bien que asignatura me daba, pero extraños vericuetos de la memoria, recuerdo que la aprobé con un siete. Con perspectiva dialéctica me atrevo a aseverar que no está del todo mal esa nota ante unos apuntes que superaban los mil folios. Maldita sea... cómo era el nombre de la asignatura. Es verdad la sensación de la punta de la lengua.
El tema es que una compañera del trabajo había organizado una fiesta en su casa. Después de unas cuantas copas, la gente suele soltarse un poco, o demasiado según se mire, y me lo estaba pasando bien. La música comenzó a sonar más fuerte, algunos saltaban y bailaban, otras se quitaban la camiseta y bailaban en sujetador, los baños de la casa estaban repletos de cosas para consumir pero escaseaba el papel higiénico. Vamos, una fiesta en toda regla. Yo estaba en una esquina charlando con una joven, que era hija de un alto cargo de Coca - Cola para Sudamérica y me comentaba como era eso de estar estudiando un año en Méjico y al año siguiente vivir en Brasil, para más tarde trasladarse a Argentina y así por todo el cono sur. Por un lado me gustaba esa idea de aprender de todo en todas partes, pero ella no opinaba lo mismo. Decía por ejemplo que no podía tener amigos estables, de hecho me hizo una gran reflexión acerca de lo que ella consideraba amistad. Era trágico, no había logrado hacer en toda su vida una amistad para siempre, esas que están en las buenas y en las malas. Recuerdo que la invité a bailar unos temas de música lenta y que no me animé a besarla. Timidez, estupidez, quién sabe.
Lo curioso era que en una de esas, de camino a la cocina a buscar algo para beber, me encuentro con cierta sorpresa al profesor de la universidad del que todos se reían. Me presenté y le dije que me había puesto un siete, pero el hombre no estaba del todo bien. Ya llevaba unas cuantas copas y no recuerdo bien que me dijo. Lo cierto es que me aprovisioné de unas bebidas y me puse a hablar con otra gente. Cuando salí de la cocina rumbo al salón, me vuelvo a encontrar con el profesor sentado sobre una mesa. Volví a saludarle y sin venir a cuento de nada comenzó a insultarme y a decirme que me iba a pegar. Mierda pensé, me lo estoy pasando de puta madre y este gilipollas me quiere joder la noche. Además que no he peleado con otra persona en mi vida. Solo una vez con un vecino que intercambiamos tres golpes cada uno y nada más, después nunca peleé. No le encuentro, ni le encontraré sentido jamás.
Pero ahí estaba frente al profesor que me había puesto un siete y que quería golpearme. Decidí alejarme y volver con la chica a bailar un rato más para pasar el mal momento. Pero de camino me encontré con unos colegas que me preguntaron por qué tenía mala cara. Les conté lo del profesor y me dijeron que no me preocupara. Baile un rato con la chica y entrada la noche decidí marchar a casa porque al día siguiente había que trabajar.
Mi sorpresa fue mayúscula cuando al llegar al trabajo, comenzaron a preguntarme mis compañeros que dónde me había metido durante la fiesta porque me habían estado buscando. Les conté lo de la chica y me dijeron que no era por eso. Había cogido al profesor de los pelos, lo habían tirado al suelo y le habían pegado entre todos. Recuerdo que no me salían las palabras de la boca. Además me lo contaban con cierto tono recriminante, algo así como que ellos le habían pegado a alguien por mí y que yo me había escapado. No entendí el grado de caballerosidad al que se referían, pero me parecía una brutalidad. Ya me pareció que tenía bastante el hombre con tener lo que tenía, que además le pegaran. Mis colegas del trabajo se enfadaron por unos días conmigo porque mi respuesta fue que no me había parecido bien que le pegaran, ni que yo había dicho que le hicieran algo. Me sentí mal y me siento mal cada vez que me cuentan historias de peleas como grandes hazañas. Me parece una gilipollez. Además hay palabras que duelen más que mil golpes y al menos hacen reflexionar. Y eso me decía un boxeador con el que viví un tiempo: "cuando discutimos por cuestiones de organizar la casa me dices cosas que me duelen en el pecho y por más que te pegará sé que no te voy a hacer tanto daño como me lo haces a mí con tus palabras". Tampoco me tranquiliza, es violencia de todas formas, y es un recurso al que no deberíamos apelar nunca. Pero humanos somos y también viene de alguna manera en nuestros genes. Nadie puede decir que no ha sido violento alguna vez en la vida, haya pegado o no. Es una pena que esté en la condición humana y es una pena que no podamos erradicarla de nuestros genes.

jueves, 3 de enero de 2008

Entrevista a un Ministro

Corría el año 2000 y hacía relativamente poco tiempo que había llegado a vivir a España. Después de unas cuantas idas y venidas laborales, recalé finalmente en la revista El Economista. El puesto que tenía asignado, obviamente viniendo de Argentina, era el de la sección dedicada a Sudamérica. Coincidió además por aquellas fechas que se celebraba en Madrid un foro iberoamericano de empresas y gobiernos. Así que con la acreditación correspondiente me presenté en un hotel de megalujo. La verdad es que al principio me sentí un tanto confuso, vivía en el pasillo de una casa por quince mil pesetas al mes con otros inmigrantes, pero allí estaba, rodeado de banqueros, hombres de negocios, diputados, ministros, etc. Supongo que tendría la necesidad de explicarles algo, pero también la incapacidad de hacerlo por ser tomado como infiltrado en un club tan selecto. Así que me dediqué a lo mío, mi artículo, llevarme algo de merchandaising para regalar, algo de relaciones públicas y poco más.
En una de las salas, se celebraba una ponencia sobre algo así como la capacidad de exportación de petróleo de los países sudamericanos. Como no había sitio donde sentarse, más allá de las primeras filas, pues fui y me senté. De pronto entró mi jefe y se acercó hasta mí. Me preguntó cómo iba todo y me dijo que si sabía a quién tenía sentado a mi izquierda. Le respondí que bien a la primera pregunta y que no la segunda. Me dijo que era el Ministro de Economía de Méjico. Así que sin dejar que terminase de hablar me giré y le dije al Ministro que si podía hacerle una entrevista. Me dijo que ningún problema pero que debía ser el día siguiente durante el desayuno.
Recuerdo que tenía muy bien preparada la entrevista, y salió muy bien. De hecho la podéis leer pinchando aquí. Pero hoy, con la perspectiva del tiempo, creo que le hubiera preguntado sobre otras cosas. Sobre la responsabilidad que debe tener una persona que maneja el dinero de mucha gente y que está en sus manos que de alguna u otra manera, muchos no mueran de hambre o no les falte atención sanitaria entre otras cosas.
Más que nada porque hay una idea que ronda mi cabeza desde hace varios días y es sobre la capacidad que tenemos los humanos para analizar el pasado, sacar conclusiones y ocurrírsenos ideas que hubieran estado muy bien plasmar en un determinado momento o decirlas a alguien. Pero que de alguna manera y al mismo tiempo, nos es imposible casi analizar en el momento presente y mucho menos pensar con certeza sobre el futuro. Y más que nada por una cuestión darvinista. Somos el resultado de una selección natural y somos nuestra mejor expresión en cada momento. Esto es, que somos lo mejor que podemos ser en cada momento de nuestra realidad, pero cuando nos analizamos mirando hacia el pasado, vemos como no fuimos tan buenos o astutos como pensamos. Y este hecho me conmueve: En todo momento pensamos que somos lo mejor que podemos ser. Aunque después resulte falsa esta afirmación a través de nuestro juicio personal. Pero ahí estamos en la vida, y a modo de metáfora, interpretando un papel dentro de un libro donde no podemos ver las hojas del final para ser mejores y no cometer estupideces, resignándonos a ir simplemente hoja por hoja, e historia tras historia construyendo nuestra propia novela. Con una duda que me asalta por todas partes ¿Yo escribo la propia novela de mi vida o existe algún Dios que la escribe por mí?

lunes, 31 de diciembre de 2007

Casualidades o causalidades de la vida



"El aleteo de una mariposa se puede sentir al otro lado del mundo"


Proverbio Chino.-





Estaba en Amsterdam. Me dediqué a lo típico que hace un joven de 21 años que va a conocer esa ciudad. Caminar por el barrio rojo, ir a museos, vagar por algún pueblito en busca de molinos de viento mientras comía queso y asombrarme como con esas palabras tan largas que usan se pueden llegar a nombrar las cosas. Me hizo pensar sobre el lenguaje. Es como si la mayoría de nuestras palabras fueran tan largas como impermeabilizaciones, veinte letras para nombrar algo. Me parece exagerado y me lo pareció cuando leía los carteles holandeses. Pero este no es el tema. El tema es que estábamos en un albergue estudiantil y te conocí. No recuerdo tu nombre, pero se que se te había dado por fumar porros y que habías comprado una especie de líquido que al aspirarlo te causaba una risa que duraba unos treinta segundos y que te dejaban tirada en el suelo sin aliento. No quise probar ninguna de las dos cosas. Venía de conocer muchos museos de Europa y me quedaban otros tantos, de alguna manera pensé que si me fumaba un canuto esa información se acomodaría mal en mi cabeza.
Creo que intercambiamos algunas impresiones sobre el viaje y poco más, pero cuando subí al tren de camino a París, ahí estabas, sentada a mi lado por casualidad. No sé cuántas horas estuvimos viajando, pero al terminar el trayecto me dijo lo que todos los que viajan conmigo, que soy fatal compañero de viaje ya que arriba de cualquier medio de transporte duermo sin enterarme de lo que pasa alrededor. Incluso me quedo dormido antes de que despeguen los aviones. Le expliqué que intentaría compensarlo de alguna manera. Decidimos ir al mismo albergue estudiantil de París y recorrimos buena parte de la ciudad juntos. Hasta que una tarde saliendo de la ducha, me encuentro un papel sobre la cama que decía que se había ido. No había dejado teléfonos de contacto ni ningún dato personal. Sólo explicaba que perdía un tren que salía rumbo a Londres y que sentía no poder despedirse personalmente. Me llamó la atención, pero como todo en la vida y con la ilusión de un viaje por delante, olvidé rápidamente.
Años más tarde, una noche de fiesta por Buenos Aires, venía de un pub con Luciano y Andrea camino de mi casa para dormir ya que eran las tantas de la mañana. Me llamó la anteción ver a una chica que intentaba parar un taxi, pero el taxista pasaba de largo y no hacía caso. Me resultó extraño que no pararan los taxis y más aún cuando me acerqué y vi que eras tú, la chica que había conocido en Amsterdam, que después habías aparecido sentada al lado mío en el tren y que en ese momento aparecías parada frente a mi en una ciudad de cerca de diez millones de habitantes. Hablamos poco, nos pusimos al tanto de nuestras vidas mientras tomamos algo. Días más tarde quedamos para intercambiar algunas fotos y volviste a desaparecer de mi vida hasta hoy, que me levanté por la mañana y me puse a leer un artículo en una revista sobre las causalidades y casualidades. Y da la causalidad, que vuelvo a encontrarme contigo, pero esta vez a través de este relato. No lo entiendo, no entiendo que me quieren decir este tipo de causalidades. Tal vez esta sincronización, como llama Jung a este tipo de situaciones, forme parte de los tantos misterios de la vida. Solo sé que tenía que escribirlo porque tal vez alguien de los que me lean tenga que pensar sobre una causalidad o sincronización de la vida y sacar una conclusión. Quizás era solo eso. O quizás era una demostración de que existen las casualidades. Nada más.